Con un piano en la chepa
Al notar mi olor a whisky una compañera subrayó que ella NUNCA bebía por semana. No veo diferencia alguna entre un martes y un sábado, son días como los demás, con tiempo variable, cualquiera es bueno para morirse.
Yo tenía un buen trabajo. Los había engañado, sólo tenía que sentarme ocho horas delante de un ordenador. Muchos días los pasaba en blanco, sin hacer nada, clicando sin sentido en las ventanitas arriba y abajo. Me hubieran debido echar pero la diferencia con mis compañeros no se notaba a pesar de que ellos ponían toda su alma a la labor. Mi ventaja estaba en que a mi me la pelaba, me importaba tres cojones todo aquello, no me estresaba ni me agobiaba, y por lo tanto era mucho más eficiente en los contados momentos en que trabajaba.
Por lo demás yo no tenía ningún aprecio a mi trabajo y no hacía mucho por ocultarlo. Cuando mi compañera recalcó con sorna aquella frase quería plasmar su superioridad. Llevaba una vida ordenada y clara, el alcohol no entraba en sus planes entresemana. Vivía con su novio, tenía coche, cuenta vivienda, era diligente, lo tenía todo controlado. Era verdad. Yo tengo problemas. No puedo dejar de pensar en la muerte. Cada vez que descuelgo el teléfono, cada vez que atiendo a un cliente o completo una tarea. No puedo dejar de pensar en ella. No es que me de miedo. Es como subir una larga escalera con un piano a cuestas y al coronarla comprobar que allí arriba sólo hay un abismo al que arrojarse. Da vértigo llegar a la cúspide de nuestra naturaleza, no es alivio ni miedo, es una sensación de ridículo insoportable. Primero tiras el piano, luego vas tú. Sólo hay un abismo al otro lado, no puedo luchar, no puedo tomar partido, no quiero subir y dejo que el piano se deslice escaleras abajo, llegará al infierno de todos modos.
Yo tenía un buen trabajo. Los había engañado, sólo tenía que sentarme ocho horas delante de un ordenador. Muchos días los pasaba en blanco, sin hacer nada, clicando sin sentido en las ventanitas arriba y abajo. Me hubieran debido echar pero la diferencia con mis compañeros no se notaba a pesar de que ellos ponían toda su alma a la labor. Mi ventaja estaba en que a mi me la pelaba, me importaba tres cojones todo aquello, no me estresaba ni me agobiaba, y por lo tanto era mucho más eficiente en los contados momentos en que trabajaba.
Por lo demás yo no tenía ningún aprecio a mi trabajo y no hacía mucho por ocultarlo. Cuando mi compañera recalcó con sorna aquella frase quería plasmar su superioridad. Llevaba una vida ordenada y clara, el alcohol no entraba en sus planes entresemana. Vivía con su novio, tenía coche, cuenta vivienda, era diligente, lo tenía todo controlado. Era verdad. Yo tengo problemas. No puedo dejar de pensar en la muerte. Cada vez que descuelgo el teléfono, cada vez que atiendo a un cliente o completo una tarea. No puedo dejar de pensar en ella. No es que me de miedo. Es como subir una larga escalera con un piano a cuestas y al coronarla comprobar que allí arriba sólo hay un abismo al que arrojarse. Da vértigo llegar a la cúspide de nuestra naturaleza, no es alivio ni miedo, es una sensación de ridículo insoportable. Primero tiras el piano, luego vas tú. Sólo hay un abismo al otro lado, no puedo luchar, no puedo tomar partido, no quiero subir y dejo que el piano se deslice escaleras abajo, llegará al infierno de todos modos.

