Recuerdos
La fecha siempre estaba escrita en la pizarra arriba a la izquierda. Gijón 12-Marzo-1990. Era lo primero que la maestra escribía. A mí me reconfortaba mucho. Sabías donde estabas y sabías lo que tenías que sentir. Eras gijonés. Un día nos regalaron un calendario con el himno del Sporting. Lo cantábamos con alegría y le dábamos cariñosas collejas al único de la clase que era del Oviedo.
Hicimos una excursión al pico del sol. Pasamos por La Camocha, el último pueblo minero. Desde allí arriba se veía toda la ciudad. Era hermoso, todo cobraba sentido. Los parques, las calles, los edificios. Se entrelazaban en armonía tal y como se suponía que debían hacerlo. Pero un chico se puso a bajarse los pantalones delante de las chicas y una le sacó una foto. Me daba vergüenza ajena. Me alejé a ver a la gente tirándose en parapente. Jugué a intentar adivinar el lugar en que iban a caer. Era una buena vida. El viento, el mar, una ciudad inofensiva, un paisaje relajado.
Pasados unos años las cosas cambiaron. Los papás de mis compañeros trabajaban en las minas, en ensidesa y en sidrerias. Cuando las dos primeras cerraron los dueños de las sidrerías decidieron contratar sudamericanos. La sidra sabe bien aunque no la escancie un asturiano, y se aprende rápido a escanciar. Todos nos marchamos de Gijón. La belleza se quedó, su playa, su brisa marina, su decrépito estadio de fútbol y todos los recuerdos que nos habíamos dejado allí enmarañados. Sólo para los jubilados, funcionarios y turistas.
Hicimos una excursión al pico del sol. Pasamos por La Camocha, el último pueblo minero. Desde allí arriba se veía toda la ciudad. Era hermoso, todo cobraba sentido. Los parques, las calles, los edificios. Se entrelazaban en armonía tal y como se suponía que debían hacerlo. Pero un chico se puso a bajarse los pantalones delante de las chicas y una le sacó una foto. Me daba vergüenza ajena. Me alejé a ver a la gente tirándose en parapente. Jugué a intentar adivinar el lugar en que iban a caer. Era una buena vida. El viento, el mar, una ciudad inofensiva, un paisaje relajado.
Pasados unos años las cosas cambiaron. Los papás de mis compañeros trabajaban en las minas, en ensidesa y en sidrerias. Cuando las dos primeras cerraron los dueños de las sidrerías decidieron contratar sudamericanos. La sidra sabe bien aunque no la escancie un asturiano, y se aprende rápido a escanciar. Todos nos marchamos de Gijón. La belleza se quedó, su playa, su brisa marina, su decrépito estadio de fútbol y todos los recuerdos que nos habíamos dejado allí enmarañados. Sólo para los jubilados, funcionarios y turistas.

