30/01/2008

Primera visita al Prado

Joder mi blog se muere casi sin comenzar. O actualizo de pena o ni actualizo. Tengo que ir recuperandolo.

Para empezar. Ayer estuve en el Prado, sólo vi una sala. La 56A, así me dijo que se llamaba la señorita del mostrador.  Y no penseis que fue porque me quedé allí sentado mirando al suelo como hacen los turistas cansados en todos los grandes museos del mundo. La 56A es la sala de los pintores flamencos.  No los andaluces  sino los de los paises bajos.

Pues allí me quedé durante las dos horas de acceso gratuito que tiene el museo de 6 a 8. Podía haberme quedado allí para siempre, sin exagerar. Al entrar me encontré un cuadro que llevaba mucho tiempo esperando ver: Extracción de la piedra de la locura. Es un título sugerente, parecido a los que ponían los pintores abstractos y surrealistas del siglo veinte. Pero éste quinientos años antes. Luego estaban varios cuadros de Patinir bastante interesantes, sobre todo la balsa de Caronte.
Luego comenzó el extasis total. La mesa de los pecados de Hyeronimous von Aecken (Bosco a partir de ahora). Es tan enigmático y a la vez tan crudo que no puede sino sobrecogernos. Tiene la ventaja de que al ser una mesa puedes verla muy de cerca y sin molestos reflejos. Volveré a verla mientras tenga piernas para caminar, porque me recuerda que al menos todos tenemos algún pecado por el que hacer penitencia.
Brueghel el viejo  cuelga  allí también el triunfo de la muerte.  Una gran batalla perdida por la humanidad. Las pequeñas figuritas y los ejércitos me recordaron a los dibujos que yo hacía de pequeño. Sólo desde ese horror y destrucción se puede admirar a la vida.
Luego había otro tríptico religioso. Y "El carro del Heno" también me gustó, pero me dio la sensación de que el carro y su heno tapaban el resto del cuadro.
Y finalmente el Jardín de las Delicias. Mirarlo fue como descubrir que el paraiso existía. Porque alguien ya había estado allí y nos había traído un retazo. Fue la sensación de que existen otros mundos que no podemos entender, de que la vida, la muerte y el infierno son cosas dolorosas pero de una belleza interminable. Si existe algo por lo que merezca la pena vivir seguro que lo puedes encontrar en ese cuadro. Yo dedicaría el resto de mi vida a buscar en él.
Con cada ojeada descubría rincones nuevos, detalles increibles, perspectivas. Un torbellino me envolvía. Aquel hombre fue capaz de bucear en los abismos de la mente y salir a flote liberado de la conciencia y la forma. Sus imágenes admiten una explicación diferente para cada individualidad, para cada día, para cada mirada. De la más superficial a la más espiritual. Bien es verdad que gente sudorosa se reía del cuadro. Es una paranoia. Vaya locura. Una locura es no admitir que sobre la verdad puede haber miles de perspectivas diferentes. Todas miran a la misma verdad y todas la ven diferente.
Nadie más ha podido elevarse así sobre la realidad. Como mucho lo han copiado. Los surrealistas parecen unos frívolos imitadores.

Hyeronimous von Aecken. Seguro que estás en algún lado,  y seguro que es la mitad de maravilloso que tus cuadros.
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15/01/2008

Año nuevo mismo cuento

Habiamos dejado a Don Francisco en su cocina tras después de que Escolástica se fuese repentinamente, la historia continúa hoy.


Ya me hallaba dispuesto de nuevo para salir cuando Pepe llamó a mi puerta:

- Don Francisco, ¿podría venir ahora hasta mi casa?. Mi radio no funciona. Usted que es instruido quizá pueda echarle una ojeada.

- Pero Pepe si yo no entiendo de aparatos de radio, ¿en qué podría ayudarle?. – Respondí contrariado por el de hecho de que teniendo sólo dos vecinos en todo el pueblo ambos coincidiesen en acudir a importunarme con absurdas propuestas una misma mañana.

- Esque ayer, justo al comienzo de los partidos, se me estropeó. No sintoniza nada. Ya sabe que a mi edad la vista y el oído no van muy bien. Por eso si Usted pudiese aunque fuera nada más echar un vistazo. Quizá sea algún botón o una conexión que yo no alcanzo a ver. Ya sabe lo mucho que me gusta la radio, es por la costumbre y por la compañía que hace.

Todo aquello no tenía mucho sentido porque él conocía todos los recovecos de su vieja radio mejor que nadie, y su vista y su oído a pesar de sus ochenta y tantos estaban tan bien como los de cualquier universitario.

Le pregunté si había visto a Escolástica al subir, pero dijo que no había visto a nadie. Por el camino pasamos delante de la casa de ésta pero no percibí ningún ruido, supuse que se habría acostado a rumiar su hipotética desposesión y su imaginada desgracia, - ¡Pobre mujer!-, pensé un poco arrepentido por mi comportamiento, -debo ir a verla después para tranquilizarla.-.

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